Los Ejercicios Espirituales no son un simple libro de lectura; son guía para una experiencia, un compromiso activo que capacita para un crecimiento en libertad y lleva a un servicio fiel. La experiencia de Ignacio en Manresa puede ser una experiencia personalmente vivida .
Toda
persona pecadora, en los Ejercicios,
tiene la posibilidad de descubrir que, aún siendo pecador o
pecadora, es personalmente amada por Dios e invitada a
responder a su amor. En los Ejercicios, la respuesta comienza
con el reconocimiento del pecado y de sus consecuencias, el
convencimiento de que el amor de Dios supera el pecado, y un
deseo de este Amor perdonador y redentor. La libertad de la
respuesta es posible gracias a la creciente capacidad, con la
ayuda de Dios, de reconocer y comprometerse en la lucha por
superar los factores interiores y exteriores que impiden una
respuesta libre. Esta respuesta se desarrolla positivamente
por un proceso de búsqueda y acogida de la voluntad de Dios
Padre, cuyo amor nos ha sido revelado en la persona y en la
vida de su Hijo Jesucristo, y de descubrir y elegir los modos
específicos de poner por obra este amoroso servicio de Dios
en el servicio activo a otros hombres y mujeres, en el corazón
mismo de la realidad.
Ignacio fue el
primer ejercitante. Los Ejercicios
Espirituales escritos por él
fueron fruto de sus experiencias personales en Manresa. Los
escribió para ayudar a los otros, comunicándoles las ideas
y sentimientos que a él le habían transformado. A los que
se decidirán a practicarlos y tendrán capacidad para
hacerlos en su totalidad, les impondrá un mes de intensa
actividad, con cuatro o cinco horas diarias de oración, más
los exámenes y reflexiones. Todo regulado mediante normas
bien precisas : "adiciones, anotaciones, reglas",
encaminadas a conseguir el mayor fruto posible. El Santo no
nos dice cuándo hizo él los Ejercicios, pero
tenemos fundamento para pensar que fue en los últimos meses
tranquilos en Manresa. Aunque, si bien lo miramos, Los Ejercicios comenzaron ya en Loyola.
No sabemos con certeza cuál fue el orden
por el que Iñigo experimentó en sí mismo los diversos
temas de los Ejercicios. A modo de conjetura, podemos suponer que los
practicó, en líneas generales, tal como los dejó escritos.
Su alma estaba
bien preparada para recibir las luces del Señor. En
Montserrat se había purificado mediante una confesión
general que duró tres días. En Manresa, la terrible prueba
de los escrúpulos había completado esta obra de purificación.
Ahora su alma estaba en paz. Podía dedicarse con todo
sosiego a la consideración de las cosas divinas.
Lo que él iba buscando desde Loyola era
poner orden en su vida. Ahora comprendió que lo primero que
necesitaba era conocer el fin para el que había sido creado.
En definitiva, se trataba de cumplir los designios de Dios
sobre él. Para cumplir la voluntad de Dios era necesario,
ante todo, conocerla. El obstáculo eran las "afecciones
desordenadas", que entenebrecen los ojos de la mente y
arrastran la voluntad hacia el pecado. Tendría que luchar
contra estas afecciones desordenadas, para lo cual era
necesario vencerse a sí mismo. A ello le ayudarían los Ejercicios cuyo título sintetiza todo su contenido : "Ejercicios
espirituales para vencer a sí mismo y ordenar su vida, sin
determinarse por afección alguna que desordenada sea".
El trabajo que iba a emprender exigía una
voluntad generosa y decidida. Iñigo entró en los Ejercicios
"con grande ánimo y liberalidad con su Criador y Señor".
Primero que todo, se le presentó ante los
ojos el plan de Dios sobre la creación : "el hombre es
criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro
Señor, y mediante esto salvar su alma". Las cosas de la
tierra han de ayudarle para conseguir este fin. De donde se
sigue que "tanto ha de usar dellas cuando le ayuden para
su fin, y tanto debe quitarse dellas cuando para ello le
impiden". Las verdades del Principio y Fundamento son
tan orientadoras para el ejercitante y son un prólogo tan
luminoso para la actividad que desarrollará en el curso de
los Ejercicios, que resulta difícil pensar que un documento
tan importante no sea de Manresa, por lo menos en una redacción
rudimentaria. Con la experiencia y con los estudios llegará
Iñigo a darle la forma perfecta y armónica que ahora tiene.
Frente a los planes de Dios se levanta la
rebelión de la criatura, es decir, el pecado. Iñigo recorrió
mentalmente el proceso de su vida, evocando los pecados
cometidos de año en año, recorriendo los sitios y las casas
donde había vivido, el trato que había tenido con otros,
los oficios que había ejercido. Un doble sentimiento invadió
su alma : la vergüenza ante la fealdad de sus culpas y dolor
por haber ofendido a Dios. Pero el resultado no fue la
desesperación. "Imaginando a Cristo nuestro Señor
delante y puesto en cruz, hacer un coloquio, cómo de Criador
es venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte
temporal, y así a morir por mis pecados. Otro tanto, mirando
a mí mismo. Lo que hecho por Cristo, lo que hago por Cristo,
lo que debo hacer por Cristo". La vida de Iñigo será
una respuesta a esta triple interrogación.
En otra meditación sobre los pecados, todo
se resuelve en un "coloquio de misericordia" , es
decir, en un recurso confiado y amoroso a la misericordia
divina, refugio único del pecador.
De esta primera parte o
"semana" de los Ejercicios salió ya Iñigo
enamorado de Jesucristo, considerado como libertador y
redentor. No sólo no volverá a ofenderle, sino que procurará
seguirle. Cristo se le presenta como rey, al que deberá
obedecer y servir con más fidelidad de la que ha tenido con
los señores de la tierra. Jesús le llama para una gran
empresa, que es la de restaurar la humildad perdida. La
santidad se le presenta como la conquista de un reino, que
debe conseguirse mediante la victoria de todos los enemigos
de los planes de Dios. Estos enemigos los conocía muy bien Iñigo,
porque otras veces le habían vencido. Son la sensualidad y
el amor carnal y mundano. Iñigo se resuelve a participar con
la mayor generosidad en esta campaña. No tendrá que hacer más
que seguir los ejemplos de Jesús, que irá delante de él.
Su empeño consistirá en conocer íntimamente a Jesucristo
para más amarle y seguirle. Meditando los pasos del
Evangelio desde la encarnación hasta la pasión y resurrección
de Jesús, penetró en "las intenciones", es decir,
en espíritu del divino Maestro y en sus máximas, opuestas
diametralmente a las del mundo : pobreza y humildad contra
codicia y soberbia. Todo lo verá resumido en el sermón del
monte, cuando Iñigo se abrazará con la pobreza actual y con
las humillaciones para imitar a Cristo pobre y humillado,
alistándose así debajo de su bandera. Seguirá a Cristo en
su pasión y muerte, para participar también de la gloria de
su resurrección.
Al término de sus Ejercicios, Iñigo tenía resuelto el problema de su vida. El servicio de Dios será su ideal, Jesucristo su modelo, el ancho mundo su campo de trabajo. Porque desde entonces ya no será el peregrino solitario que medita y hace penitencia, sino que se dedicará con todas sus fuerzas a " ayudar a las almas", es decir, a llevar a los hombres al cumplimiento de su destino.
Antes de salir de Manresa, podemos suponer que hizo su última visita a la iglesia de los dominicos y a las ermitas donde había orado con tanta devoción. Es probable que subiese también a Montserrat para despedirse de la Virgen morena y de los monjes del monasterio. A sus amigos Manresanos les dejó lo poco que tenía : su escudilla, el cordón con el que se había ceñido y su sayal de peregrino. El se llevaba, en cambio, el recuerdo imperecedero de lo mucho que había recibido en la ciudad catalana. Había llegado allá como un penitente recién convertido. Salía transformado en un hombre espiritual, lanzado a las grandes empresas de la gloria de Dios a que estaba destinado, el germen de las cuales se encerraba en los Ejercicios, hechos y escritos en Manresa. Con el andar del tiempo, el nombre de Manresa, quedará universalmente ligado al recuerdo de San Ignacio. Centenares de visitantes acudirán a orar en la Santa cueva y Manresa será el nombre de no pocas casas de oración.